La tensión entre el joven y la mujer mayor es palpable desde el primer segundo. Ver cómo él corre con el trofeo y ella lo tira al suelo con furia me dejó helada. Ese recuerdo del accidente de coche explica tanto dolor acumulado. La escena nocturna con la chica del vestido azul brilla por su tristeza contenida. En cada día los deja en ridículo, cada mirada cuenta una historia de culpa y redención que atrapa sin necesidad de gritos. El contraste entre el lujo de la mansión y la crudeza emocional de los personajes es magistral.