Desde la luna creciente hasta el sofá íntimo, cada plano en Mi novio es un hombre lobo respira deseo contenido. Ella lo mira con ojos que delatan miedo y atracción; él, con esa bata gris y mirada baja, parece un lobo domesticado a punto de rugir. La escena del brazo tocado es eléctrica: no hay diálogo, pero se siente todo. En la aplicación, esta química duele de tan real. ¿Será amor o instinto?