La victoria contra los monstruos en La fortaleza sin guardián se siente efímera ante la llegada de esa criatura tentacular que hiela la sangre. La transición de la euforia de la multitud a la tensión en el dirigible es magistral. Ver al comandante perder la compostura y derramar su vino al ver a los enemigos volando añade un toque de humanidad y miedo real. La animación de los monstruos es aterradora y el final abrupto deja con ganas de más inmediatamente.