La tensión en la habitación del hospital es insoportable. Ver al joven con esa chaqueta brillante enfrentarse a la abuela me partió el corazón. La escena del recuerdo junto al río, donde la abuela y la nieta comparten un momento tan puro, contrasta brutalmente con la frialdad actual. En Siempre fui la abandonada, cada lágrima de la anciana resuena como un grito de injusticia. La actuación es tan cruda que olvidas que estás viendo una pantalla; sientes la impotencia de no poder intervenir en ese drama familiar desgarrador.