Sometido a ti
Para cumplir la última voluntad de su mejor amiga, Luna acogió a Javier como su tutora. Lo entrenó y moldeó, convirtiéndolo en su arma más afilada para lidiar con las rivalidades familiares. Bajo su estricta guía, él no solo aprendió, sino que desarrolló un sentimiento prohibido hacia ella. Sabiendo que Luna ya estaba comprometida, se acercó a ella, desafiando todos los límites.
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El poder del gesto: cuando un dedo índice cambia el rumbo de una historia
En Sometido a ti, la tensión no se construye con diálogos largos ni explosiones, sino con el susurro de una mano que se acerca, con el peso de una mirada que no se atreve a desviar. La mujer entra como una sombra elegante, su abrigo negro cayendo con intención, y ya sabemos: esto no es una visita casual. El hombre, encogido en el sofá como si buscara refugio en la oscuridad, parece un prisionero de su propia pasividad —hasta que ella lo toca. No con fuerza, no con posesión, sino con esa delicadeza peligrosa que solo alguien que conoce cada grieta de tu alma puede permitirse. Su dedo índice bajo la barbilla no es una pregunta, es una orden disfrazada de caricia. Y entonces, el beso: no apasionado, sino inevitable, como una confesión que llevaba años retenida. Lo más perturbador no es lo que hacen, sino lo que callan después: esa sonrisa de ella, cruzada de brazos, mientras él aún respira el eco del contacto. ¿Quién controla a quién? En esta habitación con velas y frutas simbólicas, el poder no está en las palabras, sino en quién decide cuándo dejar de hablar… y cuándo volver a tocar.