Sometido a ti
Para cumplir la última voluntad de su mejor amiga, Luna acogió a Javier como su tutora. Lo entrenó y moldeó, convirtiéndolo en su arma más afilada para lidiar con las rivalidades familiares. Bajo su estricta guía, él no solo aprendió, sino que desarrolló un sentimiento prohibido hacia ella. Sabiendo que Luna ya estaba comprometida, se acercó a ella, desafiando todos los límites.
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Cuando el deseo se convierte en ritual
En *Sometido a ti*, la tensión no se construye con diálogos largos, sino con el peso de una mano sobre una puerta, con el temblor de un labio antes del beso, con la forma en que ella suelta el bolso como si abandonara una defensa. La escena inicial —él apretándola contra la madera tallada, ella con el cuello ligeramente inclinado, como quien ya ha decidido rendirse— es pura poesía visual: luces tenues, sombras alargadas y esa joyería brillante que contrasta con la oscuridad de sus ojos. Luego, la caída sobre la cama no es caótica, sino deliberada, casi ceremonial: él la sostiene, ella lo abraza con los dedos pintados de rosa pálido, y el anillo en su mano izquierda brilla como una promesa no pronunciada. Lo más interesante no es el beso en sí, sino lo que viene después: la calma, la intimidad silenciosa, el hombre dormido con la cabeza en su pecho mientras ella, ahora vestida con encaje blanco, observa su rostro con una mezcla de ternura y duda. Hasta que suena el teléfono… y su expresión cambia: cejas fruncidas, respiración entrecortada, como si el mundo exterior hubiera irrumpido nuevamente en su burbuja. Ese instante —el contraste entre el éxtasis reciente y la intrusión del deber— es donde *Sometido a ti* revela su verdadera fuerza: no es una historia de pasión, sino de cómo el amor se negocia entre el deseo y la realidad.