Sometido a ti
Para cumplir la última voluntad de su mejor amiga, Luna acogió a Javier como su tutora. Lo entrenó y moldeó, convirtiéndolo en su arma más afilada para lidiar con las rivalidades familiares. Bajo su estricta guía, él no solo aprendió, sino que desarrolló un sentimiento prohibido hacia ella. Sabiendo que Luna ya estaba comprometida, se acercó a ella, desafiando todos los límites.
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El silencio que habla más fuerte que las palabras
En *Sometido a ti*, la tensión no se construye con gritos, sino con miradas que atraviesan el aire como cuchillos. Dos hombres frente a frente bajo las hojas doradas del otoño: uno en traje gris, rígido como una sentencia; el otro en abrigo negro, con encaje blanco que parece un secreto cosido al cuello. Ninguno habla, pero sus pies se mueven como piezas de ajedrez —el primero avanza, el segundo observa, y luego, tras el coche blanco que se aleja, queda solo, con la boca entreabierta, como si hubiera perdido algo sin saber qué. Luego, la sala de reuniones: una mesa larga, botellas de agua, rostros que sonríen pero no relajan los hombros. La mujer con la corona dorada en la solapa no aplaude al final; se levanta, lenta, con las manos apoyadas en la madera, como si estuviera pesando el peso de cada decisión tomada en silencio. El hombre del sombrero negro se recuesta, cansado, no derrotado —solo sabiendo que el verdadero poder no está en quién habla primero, sino en quién calla mejor. En esta historia, hasta el viento parece contener la respiración.