Sometido a ti
Para cumplir la última voluntad de su mejor amiga, Luna acogió a Javier como su tutora. Lo entrenó y moldeó, convirtiéndolo en su arma más afilada para lidiar con las rivalidades familiares. Bajo su estricta guía, él no solo aprendió, sino que desarrolló un sentimiento prohibido hacia ella. Sabiendo que Luna ya estaba comprometida, se acercó a ella, desafiando todos los límites.
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La puerta que no se cierra del todo
En Sometido a ti, el primer plano de la cerradura dorada ya lo dice todo: algo está a punto de romperse. Ella entra con elegancia forzada, como si llevara una máscara de seda blanca sobre el rostro, mientras él, desde el sofá, levanta la vista con esa mezcla de cansancio y curiosidad que solo tienen quienes llevan demasiado tiempo esperando. No hay diálogo, pero el cuerpo habla: cuando él se levanta y la detiene justo antes de que cierre la puerta, no es un gesto posesivo, es una súplica silenciosa. El abrazo que sigue no es pasión inmediata, sino alivio —ella apoya la frente en su pecho, él acaricia su cabello con dedos temblorosos, como si temiera que desaparezca. La luz azulada del salón, los cristales del candelabro colgante, las sombras que danzan en la pared… todo conspira para hacer de este momento un ritual íntimo, casi sagrado. Ella sonríe, pero sus ojos brillan con lágrimas contenidas; él murmura algo que no alcanzamos a oír, pero su voz suena como un juramento. En Sometido a ti, el amor no empieza con un beso, sino con el acto de no dejar que alguien se vaya.