Sometido a ti
Para cumplir la última voluntad de su mejor amiga, Luna acogió a Javier como su tutora. Lo entrenó y moldeó, convirtiéndolo en su arma más afilada para lidiar con las rivalidades familiares. Bajo su estricta guía, él no solo aprendió, sino que desarrolló un sentimiento prohibido hacia ella. Sabiendo que Luna ya estaba comprometida, se acercó a ella, desafiando todos los límites.
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El poder de la mirada en una sala llena de tensión
En *Sometido a ti*, cada gesto cuenta más que mil palabras: la mujer vestida de negro, con su chaqueta bordada y su collar de diamantes, no necesita gritar para imponerse; basta con cómo saca el teléfono, lo levanta con calma y luego lo guarda, como si estuviera archivando una prueba. El hombre joven, con su camisa de encaje y abrigo sedoso, observa en silencio, pero sus ojos revelan una mezcla de desprecio y control. La escena cambia al salón opulento, donde dos hombres mayores —uno con traje claro, otro con sudadera oscura— se enfrentan con tazas de té entre manos, como si el ritual fuera un preludio a la guerra. Cuando el hombre de la sudadera cae al suelo, no es por debilidad, sino por estrategia: una rendición teatral que obliga al otro a levantarse, avergonzado. Y entonces, el joven interviene: no con violencia, sino con una palmada firme en el hombro, un gesto que dice «ya basta», sin perder la compostura. La mujer, al final, se retira sin decir nada, pero su espalda recta y su paso seguro lo dicen todo: ella no necesita quedarse para ganar. Este no es un drama familiar cualquiera; es una coreografía de poder, donde hasta el candelabro cuelga como testigo cómplice.