Verlo despertar en ese salón vacío, con juguetes tirados y una botella en la mano, me partió el alma. Su mirada perdida al revisar el teléfono, esa llamada sin respuesta de 'Ángel'... todo grita ausencia. En Llevo tu luz, mi hija, cada detalle cuenta: la alfombra desordenada, el sofá demasiado grande para uno solo. No necesita diálogo para transmitir dolor; su expresión lo dice todo. ¿Dónde está ella? ¿Por qué nadie contesta? La tensión crece sin música, solo con su respiración entrecortada y ese llanto contenido. Una escena que te deja sin aire, porque sabes que detrás de ese silencio hay una historia rota.