La atmósfera de El visitante invisible es asfixiante desde el primer segundo. Ver al hombre con la camisa ensangrentada grabando al prisionero genera una incomodidad real. La mujer observa con una frialdad que hiela la sangre, creando un triángulo de poder muy tenso. Los primeros planos de las manos atadas y las expresiones de dolor están rodados con una crudeza que atrapa. Es imposible dejar de mirar cómo se desarrolla este juego psicológico tan oscuro y lleno de secretos.