Mi despiadado rey alfa
Logan, el rey alfa de sangre fría, vivió aislado y temido. Todo cambió cuando conoció a Anya, una loba tan peligrosa como irresistible. Aunque la rechazó, el deseo creció. Entre instinto y destino, ambos cayeron en un amor prohibido donde la bestia y el corazón lucharon hasta rendirse.
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El sudor, la mirada y el cuchillo: cuando el deseo se vuelve peligroso
En Mi despiadado rey alfa, cada plano respira tensión sexual y vulnerabilidad. El hombre, musculoso, con el torso húmedo y tatuajes que parecen confesiones escritas en piel, no es solo un cuerpo: es una promesa y una amenaza. La mujer, en su camisón blanco como una ofrenda, juega con el cuchillo no como arma, sino como símbolo de control —ella lo sostiene, él lo observa, y en ese instante, el poder se inclina sin palabras. Sus miradas se cruzan como espadas en duelo: ella sube la vista con una mezcla de miedo y curiosidad, él baja la cabeza con dominio contenido. No hay gritos, solo respiraciones entrecortadas y el crujido de los dedos al apretar tela. La escena frente a la ventana, con la noche afuera y las luces borrosas, refuerza esa sensación de intimidad encerrada, donde el exterior ya no importa. Lo más perturbador no es lo que hacen, sino lo que *no* hacen: se detienen justo antes del abrazo, justo antes del beso… y eso es lo que nos deja con el corazón en la garganta. ¿Quién realmente lleva la cuerda? Ella, con el cuchillo. Él, con la postura. Y nosotros, viendo, sin poder apartar la mirada.