Mi despiadado rey alfa
Logan, el rey alfa de sangre fría, vivió aislado y temido. Todo cambió cuando conoció a Anya, una loba tan peligrosa como irresistible. Aunque la rechazó, el deseo creció. Entre instinto y destino, ambos cayeron en un amor prohibido donde la bestia y el corazón lucharon hasta rendirse.
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El triángulo que no se rompe, pero sí se retuerce
En *Mi despiadado rey alfa*, la tensión no proviene de gritos ni de puertas que se cierran con fuerza, sino de miradas que se cruzan demasiado tiempo y de manos que sostienen una escoba como si fuera una espada. La sirvienta, con su trenza deshecha y su camisa de algodón gastado, no es ingenua: cada sonrisa que le da al hombre en traje oscuro es una pregunta disfrazada, y cada gesto de sumisión, una estrategia. Y la otra mujer, con su vestido verde oscuro y sus pendientes de encaje metálico, no discute; ella *interpreta*. Su ceño fruncido no denota enfado, sino cálculo; cuando señala con el dedo, no está acusando, sino marcando territorio. Lo más fascinante es cómo el hombre, con su barba cuidada y su camisa azul sedosa, se mueve entre ellas como quien navega entre dos corrientes opuestas sin mojarse. Nadie toca a nadie, pero el aire vibra. La escena final, frente a la estatua del ángel dorado, es pura metáfora: él avanza, ella lo sigue con la mirada, y la sirvienta permanece atrás, sosteniendo la escoba como si fuera la única testigo verdadera de lo que acaba de ocurrir.