Mi despiadado rey alfa
Logan, el rey alfa de sangre fría, vivió aislado y temido. Todo cambió cuando conoció a Anya, una loba tan peligrosa como irresistible. Aunque la rechazó, el deseo creció. Entre instinto y destino, ambos cayeron en un amor prohibido donde la bestia y el corazón lucharon hasta rendirse.
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La luna no perdona, pero el alfa sí
En Mi despiadado rey alfa, la noche no es solo fondo: es cómplice. Empieza con esa luna llena, fría y vigilante, mientras un lobo se desliza entre sombras —no hay diálogo, solo respiración y tierra húmeda. Luego, el cambio: el hombre que grita, que sangra, que se transforma bajo la luz azulada del bosque… sus ojos amarillos no son efecto especial, son promesa de peligro. Y cuando aparece Anya Hale, caminando despreocupada entre tumbas como si fuera un parque, uno ya sabe: esta chica no teme a los muertos, sino a lo que aún respira en la oscuridad. Valentin, con su chaqueta roja y sus garras afiladas, no actúa como villano; actúa como quien cree tener razón. Su furia no es caótica, es ritual. Y cuando Anya le clava la mirada y sus pupilas también se encienden… ahí no hay magia, hay herencia. El verdadero horror no está en los colmillos, sino en cómo una hija aprende a usar los mismos instintos que su padre intentó enterrar. La escena final, con el lobo fantasma flotando tras ellos, no cierra la historia: la deja abierta, como una herida que late con la luna.