La atmósfera en Al volante, sin permiso se siente cargada de electricidad estática. Desde el primer momento en que el grupo se reúne bajo la lona blanca, sabes que algo terrible está a punto de suceder. Las miradas de sospecha entre la chica del chaleco de cuero y el hombre del bata blanco crean un nudo en el estómago. No hace falta gritar para sentir el miedo; el silencio y las expresiones congeladas dicen más que mil palabras. Cuando salen al exterior y la oscuridad los envuelve, la sensación de vulnerabilidad es total. Es un thriller psicológico que te atrapa sin necesidad de efectos especiales, solo con pura actuación y una dirección que sabe exactamente dónde poner la cámara para incomodar al espectador. Definitivamente una joya oculta que vale la pena descubrir.