Isabel Pérez tenía una abuela, Sofía Flores, a quien todos creían loca. Nadie sabía que había sido magnate en La Capital. Sus padres dieron dos propiedades millonarias a su hermano Raúl, y a ella solo le dejaron a su abuela, junto con un acuerdo de renuncia. Creyeron que se libraban de una carga, pero despedían su mayor activo. Así comenzó la guerra.