Ángela García, testigo de la muerte de su madre, fue criada como una inútil. Huyó de una boda forzada y, siete años después, se convirtió en Canciller Imperial. Tras perder la memoria y regresar humillada, en el concurso literario desplegó los nueve reinos del saber y reveló su verdadera identidad: la hija despreciada era el Espíritu Literario de la nación.