Javier Castillo renació y supo que el juego invadiría la realidad. Vendió todo, acumuló recursos, compró una ciudad y formó un ejército. Su novia, Elena, y otros jugadores se unieron a él. Cuando la luna de sangre desgarró el cielo y las bestias llegaron, Javier se plantó en la muralla. Con su armadura divina y su fénix de fuego, enfrentó la tormenta. Detrás de él, su gente empuñó sus armas.