Al principio de Mi cocina somete a los espectros, la aparición de esos guardias con cabezas de animales montando esqueletos gigantes pone los pelos de punta. La escena en el desierto tiene una tensión increíble. Es curioso ver cómo luego pasan de ser amenazas a ser parte del equipo en la tienda, mostrando una lealtad absoluta al jefe.
Me tiene enganchada la actitud del dueño en Mi cocina somete a los espectros. Pasa de estar rodeado de dinero a comer una fresa gigante con una sonrisa pícara. Su estilo al vestir, con esos pendientes y el uniforme negro, le da un aire de misterio y poder que hace que quieras ver más de sus aventuras comerciales.
Cuando se desbloquea la nueva instalación en Mi cocina somete a los espectros, la variedad de frutas es alucinante. Los colores son tan vibrantes que casi puedes olerlos. Ver al protagonista disfrutando de esa fresa enorme es un momento de pura satisfacción. Definitivamente, este lugar es mucho más que un simple restaurante.
La mecánica de subir de nivel en Mi cocina somete a los espectros me recuerda a los mejores juegos de gestión. Ver la barra de progreso, gastar las monedas y recibir la notificación de éxito con ese brillo dorado es muy satisfactorio. Además, desbloquear a nuevos personajes como los dos funcionarios añade mucha profundidad a la trama.
Lo que más me impacta de Mi cocina somete a los espectros es el cambio radical de escenarios. Pasamos de un desierto árido y peligroso a un vestíbulo de mármol negro con candelabros de lujo. Este contraste resalta aún más el poder del protagonista y lo bien que ha logrado construir su refugio en medio de la nada.