Me encanta cómo la protagonista mantiene la compostura incluso cuando él intenta dominarla en el ascensor. En Mi amor, fue premeditado, ella demuestra que tiene carácter. Aunque él la persigue hasta el ascensor y la toca con posesividad, ella no baja la mirada. Es esa lucha de poder lo que hace que la trama sea tan adictiva de ver.
La transición de la escena íntima en la cama a la frialdad del pasillo y el ascensor en Mi amor, fue premeditado es magistral. Pasan de la vulnerabilidad de la seda a la armadura de los trajes de negocios. Ese cambio de vestuario refleja perfectamente cómo se ponen máscaras para enfrentar el mundo exterior, aunque la tensión sexual siga latente.
Todo cambia con esa llamada en Mi amor, fue premeditado. Ella pasa de estar relajada en la cama a ponerse seria y salir corriendo. La expresión de él al verla irse es de pura frustración. Es curioso cómo un simple teléfono puede romper la burbuja de intimidad que habían creado y devolverlos a la realidad fría de sus vidas.
Aunque su comportamiento en el ascensor sea tóxico, hay que admitir que en Mi amor, fue premeditado él tiene un estilo impecable. Ese abrigo negro sobre la camisa roja es una combinación de colores que grita peligro y pasión. Su presencia llena la pantalla y hace que cada segundo que comparte con ella sea eléctrico.
Lo mejor de Mi amor, fue premeditado es lo que no se dice. En el ascensor, el silencio es pesado. Solo se escucha la respiración y el roce de la ropa. Cuando él le levanta la barbilla, la mirada de ella es una mezcla de miedo y deseo. Es una actuación sutil pero poderosa que transmite mil emociones sin un solo diálogo.