Mateo Salazar mantuvo a toda la familia de su esposa durante siete años. Lo humillaron, lo llamaron inútil y, cuando viajaron al extranjero, lo abandonaron en el aeropuerto y ni siquiera le pagaron el boleto. Ellos no sabían que él era el verdadero dueño del imperio. Aquel día, Mateo se cansó. Entregó los papeles del divorcio, se fue con todo y no miró atrás.