Ver a la pareja sumergida en la lectura de Del barro salió la reina me hizo suspirar de envidia. La tensión crece lentamente, desde miradas cómplices hasta ese beso que lo cambia todo. El ambiente íntimo, la luz cálida y los gestos sutiles hacen que cada segundo se sienta como un regalo. No hace falta diálogo: sus cuerpos hablan por ellos. Una escena que demuestra cómo el amor puede nacer incluso entre páginas antiguas.