La escena cambia drásticamente a la calle nocturna. Ella camina con su hijo y la maleta, una imagen de derrota total. Lo más desgarrador es la expresión del pequeño, que sostiene la mano de su madre sin entender por qué deben huir. Amor bajo el nombre de odio nos muestra que las víctimas colaterales son siempre los más inocentes.
Desde la seguridad de su coche, él observa cómo ella se aleja con el niño. Su rostro es una máscara de conflicto interno. ¿Por qué no baja del auto? ¿Es miedo o es orgullo? Esta dinámica de poder donde uno domina y el otro sufre es el núcleo de Amor bajo el nombre de odio. Quiero gritarle que la alcance.
La forma en que ella agarra la botella de vino y bebe sin vaso demuestra que ha alcanzado su límite. No le importa el qué dirán ni las consecuencias. Es un acto de rebeldía contra el control que él ejerce sobre su vida. Amor bajo el nombre de odio captura perfectamente la autodestrucción como mecanismo de defensa.
La iluminación en la escena de la calle es melancólica. Las luces de la ciudad contrastan con la oscuridad de su situación. Ella arrastra la maleta como si arrastrara su pasado. Amor bajo el nombre de odio utiliza el entorno urbano para resaltar la soledad de los personajes, incluso cuando están acompañados.
Es difícil ver cómo se tratan. Él la sujeta con fuerza, ella lo mira con miedo y odio. Luego, esa separación física en la calle duele en el alma. Amor bajo el nombre de odio no es una historia de amor bonita, es cruda y real. Me tiene enganchada a la pantalla sin poder parpadear.