Cecilia descubrió a su esposo Agustín y a la Gran Princesa Emilia asesinando a su padre. En el velorio, despertó la telepatía y escuchó sus pensamientos desde el ataúd. Con dolor, tendió una trampa y los encerró vivos en el ataúd. Murieron quemados, la Emperatriz fue depuesta y los Benítez desterrados. Cecilia llevó las cenizas de su padre a su tierra y se despidió de la capital.