La jugada del consorte II
Mateo Flores, el libertino más famoso, fingió debilidad y desapareció tras vengar a su madre. Viajó solo al reino Baltazar, donde, sin saberlo, era un ídolo popular. Ocultó su identidad en la Academia Ciervo Blanco y desenterró secretos que cambiaron su destino...
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Cuando el blanco se mancha de rojo
El protagonista en túnica blanca no es inocente: su cinturón rojo no es adorno, es advertencia. En *La jugada del consorte II*, cada vez que levanta la mano, el humo se convierte en promesa de venganza 🌫️. Y ese anillo dorado colgante… ¿será el mismo que usó para sellar el pacto con el diablo? ¡Qué tensión en los ojos al ver caer a los enmascarados!
Máscaras y mentiras en la cueva de las flores
Las máscaras de calavera no ocultan identidad… ocultan miedo. En *La jugada del consorte II*, el guerrero en negro no lucha por poder, sino por redención. ¡Fíjate cómo tiembla su mano al esquivar el ataque! Y la mujer en plata, con su peinado impecable y mirada fría… ella sí sabe quién miente primero. 🕯️ Las rosas aquí no simbolizan amor, sino sangre seca.
El té que nunca se sirvió
La mesa con el pote de hierro y las frutas doradas… ¿ritual o trampa? En *La jugada del consorte II*, nadie bebe el té, pero todos lo temen. La dama roja lo sostiene como si fuera una bomba de relojería ⏳. Cuando gira con la tela, no baila: está calculando ángulos de ataque. ¡Hasta las velas parecen contener el aliento antes del primer golpe!
¿Quién controla el humo?
El humo no viene del fuego… viene de las manos del protagonista. En *La jugada del consorte II*, cada chispa es una decisión tomada en silencio. Observa cómo el enmascarado retrocede al sentir el viento de su palma: no es magia, es dominio absoluto. Y la mujer en plata, con su espada lista… ¿espera su turno o ya eligió bando? 🔥 El verdadero juego empieza cuando nadie habla.
El rojo no es solo color, es destino
La dama en rojo bordado con ciruelas doradas no teje seda… teje trampas. Cada gesto suyo en *La jugada del consorte II* es un suspiro disfrazado de sonrisa 😏. ¿Quién diría que una aguja puede ser más letal que una espada? Su mirada al final, con la cicatriz brillando bajo la luz de las velas… ¡puro veneno dulce!