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Del amor roto a la gloria Episodio 27

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La ilusión rota de Lucía

Lucía recibe la noticia de que Matías ha venido a visitarla después de que ella se lastimara el pie, lo que reaviva sus esperanzas de reconciliación. Sin embargo, mientras espera su visita con entusiasmo, comienza a darse cuenta de que Matías podría no haber venido realmente, dejándola confundida y decepcionada.¿Matías realmente visitó a Lucía o es solo un malentendido que llevará a más conflictos?
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Crítica de este episodio

Del amor roto a la gloria: Cuando el pasillo del hospital se convierte en escenario

El hospital, ese lugar de blancos estériles y sonidos mecánicos, rara vez es visto como un escenario de drama humano auténtico. Pero en Del amor roto a la gloria, cada metro cuadrado de ese corredor —con sus bancos de madera desgastada, sus señales luminosas en azul y sus puertas que se abren y cierran como cortinas de teatro— se carga de significado. No es un fondo neutro; es un personaje más, testigo mudo de las decisiones que cambian vidas. Y en esta secuencia, el pasillo no solo conecta habitaciones; conecta destinos. Todo comienza con una entrada abrupta: la chica del vestido verde, con sus medias blancas y sus zapatos de tacón bajo, irrumpe en la habitación como si llevara un reloj en la muñeca y supiera que el tiempo se acaba. Su carrera no es desordenada; es dirigida. Cada paso tiene propósito. Y cuando llega junto a la cama, su cuerpo se tensa, sus manos se aferran al borde del colchón, y su rostro —ahora en primer plano— revela una emoción que no se puede etiquetar fácilmente: no es alegría, no es tristeza, es *urgencia*. Como si hubiera venido a decir algo que no puede esperar ni un segundo más. Pero la enferma, con su pijama a rayas y su cabello suelto, la recibe con una mirada que podría interpretarse como cansancio, indiferencia, o incluso una especie de resignación cómplice. Hay una historia entre ellas que no se cuenta con palabras, sino con el modo en que se evitan los ojos, con el leve movimiento de la cabeza, con el hecho de que ninguna de las dos se levanta para recibir a la otra. Luego viene el momento de la fiambrera. Y aquí es donde el director juega con nuestra percepción. El chico no entra con pompa ni con discursos. Entra con humildad, con una sonrisa que no es demasiado amplia, con una postura que dice ‘estoy aquí, pero no pretendo tomar el control’. Sostiene la fiambrera rosa como si fuera un regalo sagrado. Y cuando la abre, el interior metálico refleja la luz, y por un instante, todo el cuadro se ilumina. No es la comida lo que importa —aunque la sopa parece fresca, con trozos verdes que sugieren cuidado—, sino el acto mismo de ofrecer. Es una ofrenda. Una prueba de que, pese a todo, alguien sigue recordando qué es lo que ella necesita. Lo que sigue es una coreografía silenciosa. Él le da la cuchara. Ella la toma. Él espera. Ella come. Y en esos segundos, el tiempo se ralentiza. La cámara se acerca, captura el brillo en sus ojos, el leve temblor de sus labios al tragar, la forma en que su mano descansa sobre la manta blanca, como si buscara anclaje. No hay música de fondo, solo el murmullo lejano del hospital y el sonido suave de la cuchara contra el metal. Y en ese silencio, se construye una intimidad que ningún diálogo podría lograr. Porque cuando alguien te alimenta, no solo está cuidando tu cuerpo; está diciendo: ‘Te veo. Estoy aquí. No te dejaré sola’. Pero la historia no permite que la paz dure. Porque justo cuando el espectador empieza a creer en la posibilidad de una reconciliación suave, la chica del vestido verde se tambalea. No es una caída teatral; es un colapso realista, casi imperceptible al principio. Se agarra el estómago, se inclina, su respiración se acelera. Y entonces, la enferma —que minutos antes parecía incapaz de levantarse sin ayuda— se incorpora con una agilidad sorprendente. No pregunta ‘¿qué tienes?’. Simplemente extiende la mano. Y así, sin una palabra, comienza la segunda parte de la escena: el éxodo por el pasillo. Aquí, la cámara cambia. Ya no es un plano fijo en la habitación; es un travelling lateral, siguiendo sus pasos. Las dos chicas avanzan juntas, una sosteniendo a la otra, sus cuerpos casi fusionados en un solo movimiento. El pasillo, antes impersonal, ahora se vuelve íntimo. Las luces fluorescentes crean sombras que danzan sobre sus rostros. Las puertas cerradas a ambos lados parecen contener historias no contadas, secretos guardados. Y en medio de todo eso, la señal de ‘Departamento de Urgencias’ cuelga como un faro: no es un destino, es una promesa. Una promesa de que, pase lo que pase, alguien estará allí para recibirlos. Lo más poderoso de esta secuencia es lo que *no* se muestra. No vemos al chico seguirlos. No vemos a la enferma explicar por qué se levantó. No vemos la reacción del personal médico. Todo queda en el aire, como si el espectador tuviera que completar la historia con sus propias emociones. Y eso es precisamente lo que hace grande a Del amor roto a la gloria: no te dice qué pensar; te invita a sentir. Te deja con la pregunta: ¿por qué ella eligió ayudar *ahora*? ¿Fue el dolor de su amiga lo que la despertó? ¿O fue el acto de ser alimentada lo que le devolvió la fuerza para dar? Al final, cuando se detienen frente a la puerta de urgencias, la chica del vestido verde levanta la vista y mira a su amiga con una expresión que mezcla gratitud, culpa y alivio. Y la enferma, con una sonrisa leve, asiente. No es una victoria, ni una derrota. Es un acuerdo silencioso. Un pacto entre mujeres que han aprendido que el amor no siempre se expresa con palabras, sino con la decisión de caminar juntas, incluso cuando el camino es incierto. Y así, Del amor roto a la gloria no termina con un beso ni con un grito, sino con dos figuras que se funden en la penumbra del pasillo, listas para enfrentar lo que viene. Porque en la vida real, la gloria no está en los momentos grandiosos; está en los pequeños actos de coraje que hacemos cuando nadie nos está viendo. Y en este caso, el hospital no es un lugar de enfermedad, sino de renacimiento. De amor roto, sí, pero también de gloria reconstruida, pieza a pieza, paso a paso, cuchara tras cuchara.

Del amor roto a la gloria: La fiambrera rosa como símbolo de redención

En el universo narrativo de Del amor roto a la gloria, los objetos cotidianos adquieren una dimensión casi mitológica. Y ninguna pieza lo demuestra mejor que la fiambrera rosa. No es un accesorio decorativo ni un recurso estético casual; es un artefacto cargado de significado, un catalizador emocional que desencadena una cadena de reacciones que transforman el rumbo de la historia. Su aparición no es accidental: llega en el momento exacto en que el silencio entre los personajes se ha vuelto demasiado pesado, cuando las palabras ya no bastan y solo queda el lenguaje del cuerpo, de la comida, del gesto simple pero profundo de ofrecer algo hecho con las propias manos. Observemos con detalle: la fiambrera es de plástico rosa, con detalles en blanco y un asa ergonómica. El interior es de acero inoxidable, dividido en dos compartimentos. Uno contiene una sopa clara, con trozos de zanahoria y hojas verdes —probablemente espinaca o cilantro—, lo que sugiere que fue preparada con cuidado, pensando en la salud y la digestión. El otro compartimento está vacío, o casi: tal vez contenía arroz o algo ligero, ya consumido. El hecho de que el chico la lleve consigo, que la abra con familiaridad, que tenga una cuchara de madera lista, indica que no es la primera vez que lo hace. Esto no es un gesto espontáneo; es una rutina. Una rutina que ha persistido a pesar del ‘amor roto’, a pesar de las distancias, a pesar de lo que haya pasado entre ellos. La enferma, al verla, no reacciona con entusiasmo inmediato. Su primera expresión es de sorpresa, seguida de una leve contracción en los labios, como si estuviera evaluando no la comida, sino la intención detrás de ella. ¿Es una trampa? ¿Una tentativa de manipulación? ¿O simplemente alguien que no ha dejado de cuidarla, aunque el mundo les haya dicho que ya no deben estar juntos? Su mirada se desliza por la fiambrera, luego hacia él, y en ese instante, algo se rompe dentro de ella. No es un llanto, no es un grito; es una rendición silenciosa. Acepta la cuchara. Y cuando toma el primer bocado, su postura cambia: los hombros se relajan, la mandíbula se suaviza, y por primera vez, parece *estar* en el presente, no atrapada en el pasado. Pero lo más revelador no es lo que come, sino cómo lo come. No es voraz, no es indiferente. Es lenta, consciente. Cada bocado es una decisión. Cada trago de sopa es una aceptación. Y él, mientras la observa, no sonríe con suficiencia; su expresión es de atención pura, de esperanza contenida. No está esperando que diga ‘gracias’; está esperando que *viva*. Y en ese intercambio no verbal, se construye una nueva dinámica: ya no es él quien da y ella quien recibe; es una conversación a través del paladar, del tacto, del ritmo de la respiración. Ahora, contrastemos esto con la entrada de la otra chica. Ella no lleva fiambreras. No trae comida. Viene con sus manos vacías, con su vestido impecable y su cabello perfectamente peinado. Su presencia es un contraste deliberado: representa el mundo exterior, el de las apariencias, de las expectativas sociales. Y cuando ve la escena —él alimentándola, ella aceptando—, su rostro se transforma. No es celos puros; es desconcierto. Como si su guion interno hubiera sido alterado. Ella esperaba una confrontación, una explicación, un enfrentamiento. No esperaba *esto*: una quietud, una ternura, una normalidad que parece haber surgido de la nada. Y entonces, el giro. Ella se siente mal. No es una estrategia; es un fallo físico, una debilidad que rompe su máscara de control. Y en ese instante, la enferma —que minutos antes parecía dependiente, frágil, casi ausente— se levanta. No con esfuerzo, sino con una determinación que sorprende incluso al espectador. Ayuda a su amiga a salir, la sostiene del brazo, la guía por el pasillo con una firmeza que contradice su estado físico. Y aquí es donde la fiambrera rosa cobra su verdadero significado: no fue solo comida lo que la sanó. Fue el acto de ser *vista*, de ser recordada, de ser amada de una manera tan sencilla y tan profunda que le devolvió la fuerza para cuidar a otro. En Del amor roto a la gloria, la gloria no está en los grandes gestos, sino en los pequeños actos de humanidad que se repiten día tras día. La fiambrera rosa es un recordatorio de que el amor no desaparece porque se rompa; se transforma. Se vuelve más silencioso, más constante, más necesario. Y cuando la enferma camina por el pasillo, sosteniendo a su amiga, no está huyendo del dolor; está llevando consigo la gloria que ha rehecho con sus propias manos, con cada bocado compartido, con cada mirada que dice ‘todavía estoy aquí’. Al final, la fiambrera no queda en la habitación. Queda en nuestra memoria. Como un símbolo de que, incluso en los lugares más fríos, el calor humano puede reaparecer, no con fuego, sino con una sopa tibia, una cuchara de madera y la decisión de no dejar que nadie coma solo.

Del amor roto a la gloria: El lenguaje corporal que dice más que mil diálogos

En una industria saturada de diálogos rápidos y giros argumentales forzados, Del amor roto a la gloria se atreve a hacer lo contrario: hablar en silencio. Y lo hace con una precisión casi quirúrgica, utilizando el lenguaje corporal como su principal herramienta narrativa. No necesitamos escuchar lo que dicen para entender lo que sienten, porque sus cuerpos ya están contando la historia completa. Desde la primera entrada hasta el último paso por el pasillo, cada gesto, cada postura, cada contacto es una línea de guion escrita en músculos y miradas. Empecemos por la chica del vestido verde. Su entrada es un estudio en contraste: corre, pero no como alguien que huye; corre como quien tiene una misión. Sus brazos no van pegados al cuerpo, sino ligeramente extendidos, como si estuviera equilibrando algo invisible. Cuando se detiene frente a la cama, su postura cambia drásticamente: se endereza, cruza los brazos, levanta una ceja. Es una defensa física ante una vulnerabilidad emocional. Y cuando habla —aunque no oigamos sus palabras—, su boca se mueve con rapidez, sus ojos se agrandan, su cabeza se inclina ligeramente hacia un lado, como si estuviera probando la reacción de la otra antes de soltar la bomba. Este no es el comportamiento de una amiga casual; es el de alguien que ha ensayado este momento mil veces en su mente. La enferma, por su parte, es un poema de resistencia pasiva. Está sentada, sí, pero su espalda no está recta; está ligeramente curvada, como si llevara un peso invisible. Sus manos reposan sobre la manta, quietas, pero los dedos se mueven ligeramente, como si estuvieran escribiendo una carta que nunca enviará. Cuando la otra chica habla, ella no la mira directamente; su mirada se desvía hacia la ventana, hacia el cartel de ‘Mi deseo’, hacia cualquier punto que no sea el rostro de su interlocutora. Es una técnica clásica de evasión, pero aquí adquiere un matiz diferente: no es miedo, es *cansancio*. Cansancio de las explicaciones, de las justificaciones, de tener que volver a contar la misma historia. Y luego llega él. Y su lenguaje corporal es el opuesto: abierto, sincero, sin artificios. Se acerca sin prisa, con las manos visibles, sin esconder nada. Cuando sostiene la fiambrera, la lleva con ambas manos, como si fuera algo precioso. Y al abrir-la, su cabeza se inclina ligeramente, sus ojos se enfocan en el contenido, no en ella. Es una forma de mostrar respeto: no está poniéndose en el centro; está poniendo la comida, el cuidado, en el centro. Cuando le ofrece la cuchara, no la extiende con arrogancia, sino con una ligera inclinación del torso, como un gesto de sumisión afectiva. Y cuando ella acepta, su sonrisa no es amplia; es pequeña, contenida, como si estuviera celebrando una victoria íntima, no pública. Lo más fascinante es la transición emocional que se observa en la enferma durante la comida. Al principio, su postura es rígida, sus movimientos son mecánicos. Pero a medida que come, su cuello se relaja, sus hombros bajan, su respiración se vuelve más profunda. Incluso su mirada cambia: de evasiva a presente, de distante a conectada. No es magia; es fisiología. El acto de comer, especialmente cuando es ofrecido con intención, activa respuestas neuroquímicas que reducen el estrés y aumentan la sensación de seguridad. Y la cámara lo capta todo: el parpadeo más lento, la sonrisa que nace en la comisura de los labios, la forma en que su mano descansa sobre la manta con menos tensión. Y entonces, el giro. La chica del vestido verde se tambalea. Su cuerpo, antes erguido y controlado, se dobla hacia adelante, sus manos buscan apoyo en su propio abdomen. Es un lenguaje universal: dolor físico. Pero lo que sigue es aún más revelador. La enferma, que minutos antes parecía incapaz de levantarse sin ayuda, se incorpora con una fluidez sorprendente. No se agarra de la cama; se levanta como si hubiera estado esperando el momento. Y cuando toma el brazo de su amiga, no es un gesto de piedad; es de responsabilidad. Sus dedos se cierran con firmeza, su cuerpo se inclina ligeramente hacia ella, creando un eje de soporte. Es una coreografía aprendida, no improvisada. Como si hubieran practicado este movimiento en algún otro momento de sus vidas. En el pasillo, el lenguaje corporal alcanza su punto culminante. Las dos chicas caminan juntas, pero no de forma simétrica: la enferma va ligeramente delante, guiando, mientras la otra se apoya en ella, su cabeza casi tocando su hombro. No hay palabras, pero sus cuerpos están hablando: ‘Confía en mí’. ‘No te soltaré’. ‘Estamos juntas’. Y cuando se detienen frente a la puerta de urgencias, la enferma gira ligeramente el cuerpo hacia su amiga, como para asegurarse de que está bien, y en ese gesto, se revela todo: no es una relación de dependencia, sino de mutua necesidad. Ellas no se necesitan porque estén rotas; se necesitan porque saben que, juntas, pueden enfrentar lo que venga. Del amor roto a la gloria no necesita diálogos explosivos para emocionar. Solo necesita que sus personajes *sean* sus emociones. Y en eso, triunfa. Porque al final, lo que recordaremos no será lo que dijeron, sino cómo se movieron, cómo se miraron, cómo se sostuvieron cuando el mundo parecía haberse derrumbado. Ese es el verdadero lenguaje del amor: no el de las palabras, sino el de los cuerpos que se encuentran en la oscuridad y deciden caminar juntos hacia la luz.

Del amor roto a la gloria: La enfermera que no aparece, pero está en cada plano

En Del amor roto a la gloria, hay un personaje que nunca aparece en pantalla, pero cuya presencia se siente en cada plano, en cada gesto, en cada silencio: la enfermera. No como figura individual, sino como símbolo de un sistema, de una institución, de una mirada externa que observa sin intervenir. Y es precisamente esa ausencia la que da profundidad a la escena, porque convierte al hospital no en un simple escenario, sino en un personaje activo, con sus propias reglas, sus propios ritmos, su propia moral implícita. Observemos el entorno: la habitación es limpia, ordenada, funcional. Las paredes son de un beige suave, las cortinas blancas permiten la entrada de luz natural, pero no demasiada; es una iluminación controlada, como si el lugar quisiera ser acogedor sin perder su carácter clínico. En la pared, dos carteles con texto en chino —uno sobre ‘Normas de cuidado’, otro sobre ‘Derechos del paciente’— no son meros fondos; son recordatorios constantes de que este no es un espacio privado, sino público, regulado, vigilado. Y en medio de todo eso, la cama, con sus ruedas metálicas, su barandilla azul, su colchón blanco impecable, se convierte en un altar secular: el lugar donde se decide el futuro de una persona, no por médicos, sino por las decisiones que toma *ella* mientras está allí. La enfermera, aunque invisible, está presente en los detalles. El termómetro digital en la mesita, el suero colgando en el soporte, la bandeja metálica con botellas de agua y medicamentos —todo ello sugiere que alguien ha estado aquí, que el cuidado institucional existe, pero es impersonal. Y es justamente esa impersonalidad la que hace que el gesto del chico con la fiambrera rosa sea tan revolucionario. Él no trae un informe médico ni un diagnóstico; trae *cuidado humano*. Y en ese contraste, se revela la crítica sutil de la serie: el sistema puede mantener el cuerpo vivo, pero solo el amor puede devolverle el alma. Además, la ausencia de personal médico durante la crisis de la chica del vestido verde no es un error de producción; es una elección narrativa. El pasillo está vacío. Las puertas están cerradas. Nadie viene a ayudar. Y eso obliga a la enferma a actuar. No porque sea una heroína, sino porque en ese momento, *ella* es la única que puede. La institución ha fallado, y la responsabilidad recae en las personas, no en los protocolos. Y cuando caminan juntas por el corredor, con la señal de ‘Departamento de Urgencias’ colgando sobre sus cabezas como una promesa incumplida, se entiende que la verdadera emergencia no es médica; es emocional. Y nadie está capacitado para tratarla, excepto ellas mismas. Incluso los objetos en la habitación hablan de esa dualidad. La planta en la mesita —una flor blanca en un jarrón de cristal— es un intento de humanizar el espacio, de traer vida a lo estéril. Pero su posición, ligeramente torcida, sugiere que nadie la ha regado recientemente; es un gesto olvidado, como tantos otros. La manta blanca, perfectamente extendida, es obra de manos profesionales; pero la forma en que la enferma la ajusta con sus propias manos, con un leve arrugamiento en la esquina, es un acto de apropiación: ‘Este es mi espacio ahora’. Y luego está el detalle del pijama. Azul y blanco a rayas: el uniforme clásico de los pacientes en hospitales asiáticos. No es una elección estética; es una marca de identidad institucional. Pero cuando la enferma se levanta y camina por el pasillo, ese pijama ya no la define como paciente; la define como alguien que ha decidido *actuar*. El mismo tejido que antes la hacía parecer frágil, ahora la viste como una guerrera silenciosa. Y la cámara lo capta: el modo en que las rayas se mueven con su paso, cómo la tela se levanta ligeramente con cada movimiento, como si el cuerpo estuviera recuperando su autonomía. En Del amor roto a la gloria, el hospital no es un lugar de curación, sino de revelación. Es allí donde las máscaras caen, donde las verdades se dicen sin palabras, donde el amor roto encuentra una nueva forma de existir. Y la enfermera, aunque nunca aparezca, está presente en cada decisión que toman los personajes: porque al elegir cuidar, al elegir caminar, al elegir no esperar a que alguien venga a salvarlas, están desafiando el sistema, reivindicando su humanidad. Al final, la gloria no está en los alta médicos ni en las curaciones milagrosas. Está en el hecho de que, en un mundo diseñado para tratar cuerpos, ellas eligieron tratar corazones. Y eso, en sí mismo, es una revolución. Una revolución silenciosa, llevada a cabo en un pasillo de hospital, con una fiambrera rosa y dos mujeres que decidieron que, aunque el mundo las olvidara, ellas no se olvidarían una de la otra.

Del amor roto a la gloria: La escena del pasillo como metáfora de la reconstrucción

Si hubiera que elegir una sola secuencia que encapsule el alma de Del amor roto a la gloria, sería sin duda el trayecto por el pasillo del hospital. No es la escena más larga, ni la más dialogada, ni la más espectacular en términos visuales. Pero es la más densa, la más simbólica, la que contiene la esencia de toda la historia: la idea de que la reconstrucción no ocurre en un instante, sino en pasos pequeños, en apoyos compartidos, en el coraje de seguir adelante cuando el cuerpo quiere rendirse. Analicemos el pasillo como espacio narrativo. Es largo, recto, con paredes de tono cálido pero impersonal. Las luces son uniformes, sin sombras dramáticas, lo que sugiere que no hay héroes ni villanos aquí; solo personas haciendo lo que pueden. Las puertas a ambos lados están cerradas, simbolizando las historias que quedan atrás, los capítulos cerrados, las decisiones tomadas y ya no reversibles. Y en medio de todo eso, dos figuras avanzan: una en pijama a rayas, la otra en vestido verde, sus manos entrelazadas como si fueran una sola entidad. No es una imagen de debilidad; es una imagen de alianza. Porque en el mundo de Del amor roto a la gloria, la fuerza no se mide en músculos, sino en la capacidad de sostener a otro cuando se tambalea. Lo que hace esta escena tan poderosa es su ritmo. No hay prisa, pero tampoco lentitud exagerada. Caminan con una cadencia que combina determinación y precaución. La enferma no arrastra a su amiga; la guía. Y la otra, aunque duele, no se resiste; se entrega. Ese acto de entrega es crucial: no es sumisión, es confianza. Confianza en que la otra no la soltará, que la llevará donde debe ir, que no la juzgará por su debilidad. Y en ese intercambio silencioso, se construye una nueva base para su relación: no sobre lo que fueron, sino sobre lo que pueden ser ahora. El detalle de las zapatillas es revelador. La enferma lleva unas zapatillas blancas, suaves, de peluche —un símbolo de comodidad, de cuidado personal. La otra chica, en cambio, lleva zapatos de tacón bajo, elegantes, pero claramente inadecuados para una emergencia. Y sin embargo, no se las quita. No pide ayuda para cambiarlas. Porque en ese momento, lo importante no es el calzado; es el camino. Y el hecho de que siga caminando con ellos, a pesar del dolor, dice más que mil monólogos: está dispuesta a sufrir un poco más si eso significa llegar juntas al otro lado. Y luego está la señal: ‘Departamento de Urgencias’. No es una indicación funcional; es una metáfora. Porque en la vida real, las urgencias no son solo médicas; son emocionales, existenciales, relacionales. Y cuando ellas se detienen frente a esa puerta, no es para entrar; es para respirar. Para reconocer que han llegado a un punto de inflexión. Que ya no pueden volver atrás. Que lo que viene después será diferente, porque ellas ya no son las mismas que entraron en la habitación horas antes. Lo más conmovedor es lo que ocurre en sus rostros durante el trayecto. Al principio, la enferma mira hacia adelante, concentrada. La otra, con los ojos entrecerrados, sufre en silencio. Pero a medida que avanzan, sus miradas se encuentran. No es una sonrisa amplia; es un leve asentimiento, un parpadeo prolongado, un gesto que dice: ‘Estoy aquí’. Y en ese instante, el pasillo deja de ser un corredor y se convierte en un puente. Un puente entre el dolor y la esperanza, entre el pasado roto y la gloria posible. En Del amor roto a la gloria, la gloria no es un destino; es un proceso. Es el acto de levantarse cuando nadie te lo pide. Es el gesto de sostener a otro cuando tú también estás temblando. Es la decisión de caminar, paso a paso, incluso cuando no sabes qué hay al final del pasillo. Y esta escena lo demuestra con una claridad que no necesita palabras: la reconstrucción no empieza con un discurso, sino con un brazo extendido, una mano que se cierra sobre otra, y dos mujeres que, juntas, deciden que el amor roto puede ser cosido de nuevo, hilos tras hilos, hasta formar algo nuevo, algo fuerte, algo digno de ser llamado gloria. Porque al final, lo que queda no es la enfermedad, ni el dolor, ni el pasado. Lo que queda es la certeza de que, aunque el mundo se derrumbe, siempre habrá alguien dispuesto a caminar contigo por el pasillo, sin preguntar por qué, solo para asegurarse de que llegues.

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