Cada vez que el auto pasaba por un bache, la mano ardiente de mi hijastro de dieciocho años se deslizaba un centímetro más bajo mi falda. Mordí la cobija en silencio. Mi esposo de cincuenta años iba al volante, manejando como si nada pasara. Si hubiera sabido lo que el asiento trasero de ese viaje me esperaba, habría preferido morir antes de decir una sola palabra.