En un espacio oscuro, con luces LED azules recortando siluetas y el reflejo de pantallas curvas en el suelo de cristal, se despliega una escena que parece sacada de una película de carreras con toques de comedia dramática. No es un circuito real, ni un garaje de lujo, sino un simulador profesional —un entorno donde la realidad se disuelve en píxeles y el sudor se mezcla con la adrenalina virtual. El protagonista, vestido con una chaqueta negra de Motowolf con detalles blancos y un logo geométrico que evoca velocidad y precisión, no está conduciendo un coche de verdad, pero su cuerpo lo ignora: sus manos aprietan el volante como si fuera de fibra de carbono, sus hombros se inclinan al tomar una curva, y su risa —sí, esa risa amplia, casi histérica— revela algo más profundo que simple diversión: es el triunfo de alguien que ha estado esperando este momento durante mucho tiempo.
Al principio, todo parece un juego. Él sonríe, gira el volante con confianza, y la pantalla muestra una pista soleada, con césped verde y muros de hormigón. Pero cuando aparece la palabra ‘GANADOR’ en letras amarillas gigantes, su expresión cambia: no es solo alegría, es liberación. Como si hubiera ganado una batalla interna antes que una carrera. Y entonces, justo cuando el público (sí, hay espectadores detrás del cristal, con zapatos blancos y miradas atentas) aplaude en silencio, entra otro personaje: un joven con chaleco de cuero rojo, bandana estampada y una actitud que grita ‘no me subestimes’. Su postura es rígida, sus ojos fijos en la pantalla, sus dedos tensos sobre el volante. No sonríe. Ni siquiera parpadea. Es como si ya hubiera corrido esta misma pista mil veces en su mente.
Aquí empieza la verdadera tensión. El primero, el ganador, se levanta, camina con paso ligero, y le dice: ‘¡Oye! Ya terminé, y tú sigues ahí, ni siquiera has acabado’. Las palabras caen como guantes lanzados al suelo. No es burla, es desafío. Y el segundo, sin dejar de mirar la pantalla, responde con calma glacial: ‘La carrera ya terminó’. Pero el primero insiste, casi suplicando: ‘¿A quién quieres impresionar?’. Y entonces, en un giro inesperado, el joven del chaleco rojo levanta la vista y dice: ‘Pensé que eras bueno’. No es una crítica. Es una declaración de guerra sutil. Porque en este mundo —el mundo de Escudería Rivas y sus simulaciones de alto nivel—, el talento no se mide en vueltas, sino en cómo te comportas cuando ya no hay más vueltas que dar.
La cámara se acerca a sus manos: una lleva un reloj de pulsera, la otra un anillo plateado. Detalles que hablan de una vida cuidada, de alguien que no improvisa. Mientras tanto, el primer conductor se dobla hacia adelante, con las palmas abiertas, y exclama: ‘Verte me da asco, vomitaré’. Es exagerado, sí, pero también auténtico. Esa reacción no es solo por perder; es por sentirse expuesto. Porque en el fondo, ambos saben que esto no es solo un simulador: es un espejo. Y el espejo les está mostrando que uno corre para probarse a sí mismo, y el otro corre para demostrarle al mundo que ya no necesita probar nada.
Entonces entra un tercer personaje: un hombre en traje marrón, corbata roja, con un broche de perlas en la solapa y una mirada que ha visto demasiadas derrotas para sorprenderse. Pregunta: ‘¿Eso fue todo?’. Y alguien responde desde atrás: ‘Perdieron rápido’. No hay júbilo en su voz. Solo constatación. Como si ya hubieran visto este patrón antes. Y es aquí donde el tono cambia: el hombre del traje no está decepcionado. Está pensativo. Dice: ‘Nos dejaron ganar. Se contuvieron’. Y luego, con una sonrisa que no llega a los ojos: ‘No, este auto está mal’. Ahí está la clave. No es el conductor. No es la pista. Es el vehículo. O mejor dicho: es la excusa. Porque en el universo de Tiburón, donde las luces traseras brillan como faros de depredador, nadie admite la debilidad. Nadie dice ‘perdí porque no supe manejar’. En cambio, dicen: ‘El auto falló’. Y eso, justamente, es lo que hace que la escena sea tan humana.
La mujer en el vestido de lentejuelas negras —con cuello cuadrado, mangas abullonadas y una cadena fina que brilla bajo las luces frías— observa todo en silencio. Su rostro no delata emoción, pero sus ojos sí: están calculando. Cuando el primero le dice ‘qué dulce eres’, ella responde con una pregunta que corta como un cuchillo: ‘¿Te dolió?’. No es compasión. Es provocación. Y él, con una sonrisa forzada, intenta recuperar el control: ‘Pones otro veinte por ciento de acciones a Escudería Rivas, y vemos cuánto aguantan perdiendo’. Ahí está el verdadero juego. No es la carrera. Es el poder. Las acciones, el control, la influencia. El simulador es solo el escenario; la verdadera pista está en la sala de juntas, donde cada palabra es una maniobra de sobrepaso.
El joven del chaleco rojo, por su parte, no se mueve. Sigue sentado. Pero su cuerpo habla: los hombros tensos, la mandíbula apretada, las venas del cuello visibles bajo la luz. Cuando el otro le dice ‘el problema es que tú eres un inútil’, él no replica con gritos. Solo murmura: ‘El auto tiene problemas’. Y luego, con una calma que da miedo: ‘El problema es que tú eres un inútil’. Es un espejo invertido. Uno proyecta su fracaso en el equipo; el otro lo proyecta en el rival. Y en medio de todo, la mujer interviene: ‘No son excusas’. Y es cierto. Porque en este mundo, donde cada gesto es filmado y cada frase puede ser usada contra ti, las excusas son moneda de baja cotización. Lo único que vale es la acción. Y como dice el primero, con una ironía que casi duele: ‘Si no hay nadie, saquen las acciones y nos las entregan’. Es una broma. Pero también es una advertencia. Porque en Tiburón, nadie juega por diversión. Todos juegan por permanecer en el tablero.
La escena final es reveladora: el primero regresa al simulador, se sienta, ajusta el cinturón, y sonríe. No es la sonrisa de quien ganó. Es la sonrisa de quien sabe que la próxima vez será diferente. Y la mujer, ahora frente a su propia consola, levanta la mirada. Sus ojos no buscan a nadie. Buscan la pantalla. Porque ella también está lista. Y cuando el primero dice ‘La siguiente corremos juntos’, no es una invitación. Es una declaración de intención. Un pacto no firmado, pero implícito: esta no es la última carrera. Esta es solo la primera vuelta de una temporada que aún no ha comenzado.
Lo más fascinante de todo esto no es la tecnología, ni los simuladores de última generación, ni siquiera las chaquetas de Motowolf que parecen salidas de un catálogo de F1. Es la forma en que los personajes usan el lenguaje como arma, como escudo, como puente. Cada frase tiene múltiples capas: lo que se dice, lo que se quiere decir, y lo que se oculta detrás del silencio. Cuando el hombre del traje dice ‘ya entiendo’, no está entendiendo la carrera. Está entendiendo el juego de poder que se juega entre ellos. Y cuando el joven del chaleco rojo se levanta y camina hacia la salida sin mirar atrás, no está huyendo. Está reagrupándose. Porque en este mundo, perder no es el final. Perder es el punto de partida para la próxima estrategia.
(Doblado) Este conductor es imparable no porque nunca se detenga, sino porque cada caída la convierte en combustible. Y eso es lo que hace que la escena, aunque ocurra dentro de cuatro paredes y frente a una pantalla curva, sienta como si estuvieras en el paddock de un Gran Premio: el aire huele a ozono, a sudor, a ambición. Nadie habla de tiempos. Nadie menciona récords. Hablan de resistencia. De orgullo. De quién está dispuesto a arriesgarlo todo por una victoria que, al final, tal vez ni siquiera se pueda medir en segundos. Porque en Escudería Rivas, como en la vida real, lo que importa no es cruzar primero la línea… sino quién sigue de pie cuando todos han bajado del coche.
Y mientras la cámara se aleja, mostrando el salón completo —con sus luces neón, sus pantallas encendidas, sus personajes distribuidos como piezas de un ajedrez humano—, uno no puede evitar preguntarse: ¿quién es realmente el imparable? ¿El que gana la carrera? ¿El que niega la derrota? ¿O aquel que, sin decir una palabra, simplemente sigue sentado, con las manos sobre el volante, esperando la próxima señal de inicio? Porque en este universo, donde cada simulación es una metáfora de la vida real, (Doblado) Este conductor es imparable no por su velocidad, sino por su capacidad de reinventarse en cada vuelta. Y eso, amigos, es lo que convierte una escena de videojuego en una historia que merece ser contada.

