(Doblado) Este chofer es imparable: Cuando el abuelo entra en escena
2026-02-27  ⦁  By NetShort
https://cover.netshort.com/tos-vod-mya-v-da59d5a2040f5f77/5b58134cf64a4635ad71eed75827d380~tplv-vod-noop.image
¡Disfruta de todos los episodios gratis en NetShort!

En una carretera húmeda, envuelta en bruma y silencio, un joven con chaqueta blanca de motociclista se detiene. No camina con prisa, pero su postura —hombros tensos, mirada evasiva— revela que algo lo agobia. La cámara lo sigue desde atrás, como si fuera un personaje que intenta escapar de sí mismo. Luego gira, y por primera vez vemos su rostro: expresión cansada, labios apretados, ojos que no saben si deben enfadarse o rendirse. Dice: «No iré». Y justo después, casi como una confesión forzada: «Solo soy chofer de Carga Ya». Esa frase no es una identificación, es una defensa. Una pared que levanta antes de que alguien intente ver más allá. El entorno —verdes difusos, asfalto gris, viento ligero— refuerza esa sensación de aislamiento. Él no está en una pista de carreras, ni en un garaje brillante; está en la periferia del mundo, donde los sueños se desgastan con el uso diario.

Entonces aparece otro hombre. Vestido con un traje marrón impecable, corbata rayada, broche de perlas en la solapa. Su peinado es clásico, su gesto, teatral. No habla como quien da órdenes, sino como quien ha estado esperando mucho tiempo para decir algo que ya debería haberse dicho hace años. «Ni siquiera sabes lo bueno que eres», dice, y su voz no es dura, es dolida. Hay una pausa, casi imperceptible, donde sus cejas se levantan y sus ojos se abren un poco más: no está sorprendido por la negación del joven, está sorprendido porque el joven *todavía* no lo ve. Y entonces, con una transición tan sutil que casi pasa desapercibida, cambia de tono: «La forma en que controlas el auto…». Ahí ya no es un jefe, ni un crítico. Es un testigo. Alguien que ha visto algo extraordinario y no puede callarlo. La cámara se acerca a su rostro, y por un instante, olvidamos al joven. Solo vemos al hombre que recuerda —quizás con nostalgia, quizás con culpa— cómo era manejar cuando aún creía en el volante como extensión del alma.

Pero el joven no cede. Se ajusta la chaqueta, como si quisiera encogerse dentro de ella. «De eso no sé», responde, y luego añade, casi en un susurro: «Solo sé que tengo entregas». Esa frase es el núcleo de toda la escena. No es humildad. Es resignación disfrazada de realismo. Él ha aprendido a vivir en el modo «entrega», no en el modo «victoria». Y mientras habla, la cámara corta a un niño pequeño, de unos seis años, con chaqueta gris desgastada y camiseta blanca con letras apenas visibles. Está parado junto al joven, mirándolo con una mezcla de admiración y desconcierto. No dice nada, pero su presencia es un interrogante andante. ¿Quién es este niño? ¿Por qué está aquí? ¿Y por qué el joven lo mira con esa mirada que combina ternura y temor?

Entonces ocurre el giro. El hombre del traje se agacha, extiende las manos y dice: «Ven, mi nieto». Y el niño corre hacia él, riendo, sin dudarlo. El abuelo lo levanta en brazos, lo hace girar, y el niño grita: «¡Guau, estoy volando!». En ese momento, todo cambia. La tensión se disuelve como azúcar en agua caliente. El joven observa, inmóvil, y su expresión se transforma: primero incredulidad, luego una sonrisa forzada, y al final, una leve contracción en la comisura de los labios que podría ser el inicio de una rendición emocional. El abuelo, aún sosteniendo al niño, le lanza una mirada cómplice: «Oye, no te vas a venir a mi equipo, ¿verdad?». No es una pregunta. Es una invitación disfrazada de broma. Y el niño, con la inocencia que solo tienen quienes aún no han aprendido a mentir, responde: «Quiero, sí quiero». Esa frase simple, dicha con los ojos brillantes, es más poderosa que cualquier discurso motivacional. Porque no viene de la razón, viene del instinto. Del deseo puro de pertenecer, de ver a alguien que admira hacer lo que ama.

El joven reacciona con una exclamación que suena a protesta, pero que en realidad es pánico: «¡Abuelo, corre!». Y entonces, como si hubieran ensayado mil veces esta coreografía, el abuelo empieza a caminar rápido, cargando al niño, y el joven los persigue, no con furia, sino con una urgencia que parece más bien una súplica. «¡Devuélvemelo!», grita, y aunque su voz suena exagerada, hay algo auténtico en ella: no quiere perder al niño, pero sobre todo, no quiere perder la posibilidad de que el niño lo vea de otra manera. Porque si el niño lo ve como un héroe, tal vez él pueda empezar a creerlo también.

En ese momento, la cámara se divide: arriba, el abuelo y el niño ríen, el niño señala hacia adelante con el dedo índice extendido, como si ya estuviera viendo la meta; abajo, el joven corre, con la boca entreabierta, los ojos fijos en ellos, y por primera vez, su rostro no muestra resistencia, sino expectativa. Esa división visual no es solo técnica; es simbólica. Muestra dos mundos que están a punto de colisionar: el del deber cumplido y el del potencial no explorado. Y en medio de todo esto, aparece una mujer con chaqueta blanca similar, pero con detalles distintos —una pequeña herida en la frente, una sonrisa que no llega a los ojos—. Ella observa la escena sin intervenir, como si ya supiera cómo terminará. Su presencia sugiere que no es la primera vez que este drama se repite. Que hay más capítulos, más carreras, más entregas pendientes.

(Doblado) Este chofer es imparable no porque nunca se detenga, sino porque cada vez que parece haberse rendido, alguien —un abuelo, un niño, una mirada— lo empuja de nuevo hacia el volante. En Carga Ya, el protagonista no maneja camiones; maneja su propia historia, y cada entrega es una oportunidad para reescribirla. Lo que hace fascinante a esta secuencia no es la acción, sino la ausencia de ella: nadie acelera, nadie derrapa, nadie gana una carrera. Y aun así, el corazón late más fuerte que en cualquier escena de persecución. Porque aquí, el verdadero circuito está dentro de ellos mismos.

El abuelo no necesita demostrar nada. Solo necesita recordarle al joven que el talento no se mide en títulos, sino en la forma en que el cuerpo responde al volante antes de que la mente intervenga. Y el niño, con su risa y su fe ciega, actúa como catalizador: él no ve al chofer de Carga Ya. Ve al piloto que aún duerme, esperando la señal de partida. Cuando el abuelo dice: «Entonces no te pienso devolver a mi nieto», no es una amenaza. Es una promesa. Una promesa de que, si el joven da un paso hacia adelante, el pasado no lo perseguirá, sino que lo acompañará. Y eso es lo que hace que la última imagen —el joven corriendo tras ellos, la carretera desapareciendo en la niebla— sea tan potente: no sabemos si los alcanzará, pero sí sabemos que ya no corre para detenerlos. Corre para unirse.

En el universo de El Último Viraje, donde los personajes están definidos por sus máscaras profesionales, esta escena rompe el molde. El joven no se define por su trabajo, sino por lo que se niega a ser. El abuelo no es un jefe autoritario, sino un guardián de memorias olvidadas. Y el niño, lejos de ser un accesorio sentimental, es el único que habla el idioma verdadero: el de la admiración sin condiciones. Cuando dice «Papá nos va a alcanzar», no está hablando del abuelo. Está proyectando su deseo de que el joven —ese hombre que parece llevar el peso del mundo en los hombros— pueda, por fin, ser quien él mismo cree que no puede ser.

(Doblado) Este chofer es imparable porque, a pesar de todo, sigue conduciendo. Aunque sea solo hasta la siguiente entrega. Aunque el destino no tenga mapa. Porque en el fondo, todos tenemos un abuelo que nos espera al final de la carretera, con los brazos abiertos y una pregunta en los labios: «¿Quieres venir conmigo?». Y si somos honestos, la respuesta nunca es «no». Solo tardamos un poco más en decirla.

La lluvia no ha cesado. El asfalto brilla como un espejo roto. Y en ese espejo, el joven ve su reflejo: no el chofer cansado, sino el piloto que alguna vez soñó con ser. El abuelo lo sabe. El niño lo sabe. Y ahora, quizás, él también empiece a saberlo. Porque a veces, no hace falta una pista de carreras para encontrar tu velocidad. Solo necesitas a alguien que crea que ya la tienes. Y un niño que grite, sin miedo: «¡Vámonos!».