(Doblado) El guerrero divino perdido: La vasija que no se rompe
2026-02-27  ⦁  By NetShort
https://cover.netshort.com/tos-vod-mya-v-da59d5a2040f5f77/6803241e062549aaa80938e5a54329dd~tplv-vod-noop.image
¡Disfruta de todos los episodios gratis en NetShort!

En el corazón de una cámara subterránea, iluminada por la luz tenue y danzante de velas rojas dispuestas en candelabros de hierro forjado, reposa una vasija de barro gigantesca, casi tan alta como un hombre adulto. Su superficie está marcada por grietas sutiles, como cicatrices antiguas, pero no se ha desmoronado. No es un objeto cualquiera; es un símbolo, un artefacto cargado de décadas de secretos y venenos. La atmósfera es densa, cargada de polvo y silencio, interrumpido solo por el crujido lejano de madera vieja bajo los pies. Las paredes de piedra tosca y el techo de vigas oscuras refuerzan la sensación de estar en un lugar prohibido, un santuario oculto donde las decisiones no se toman con palabras, sino con gestos y miradas que pesan más que cualquier espada.

Entonces, entran. Dos figuras emergen de una estrecha abertura lateral, iluminada por una luz cálida que contrasta con la penumbra del interior. La primera es una mujer, vestida con una túnica blanca impecable, ceñida por un cinturón de cuero rojo oscuro y cubierta por una capa translúcida de tono borgoña, bordada con hilos plateados que parecen ramas de hielo. Su cabello negro, largo y liso, está recogido en un moño alto y elegante, coronado por un peinete de metal dorado con una gema roja que brilla como una gota de sangre fresca. Entre sus cejas, una pequeña marca roja, simétrica y precisa, no es un adorno: es un sello, una declaración de identidad y poder. Camina con una postura erguida, pero su paso no es arrogante; es medido, como si cada centímetro del suelo fuera un campo minado emocional. Detrás de ella, un hombre, vestido con una túnica negra de textura rica, con detalles plateados en el cuello y una prenda blanca debajo, que asoma como un recordatorio de lo que alguna vez fue puro. Su expresión es grave, sus ojos evitan los de ella, fijos en el suelo, en la vasija, en cualquier cosa menos en su rostro. Hay una tensión entre ellos que no necesita ser verbalizada: es la tensión de la culpa y la justicia, del pasado que no quiere morir.

Se detienen frente a la vasija. Ella se acerca, y la cámara se acerca con ella, hasta que su rostro ocupa el encuadre, reflejando la luz verde que emana del líquido dentro del recipiente. Es un verde profundo, opaco, casi vivo, que parece respirar con una vida propia. En ese momento, su voz corta el aire, fría y clara como el cristal: *Por más fuerte que sea, no es más que un simple guerrero*. No es una afirmación, es una sentencia. Está hablando de alguien ausente, pero su mirada se clava en el hombre a su lado, quien traga saliva, su mandíbula tensándose. Él responde, sin levantar la vista, con una voz que intenta ser firme pero que tiembla ligeramente: *Se atrevió a faltarle el respeto a mi padre*. Ahí está el núcleo del conflicto: no es sobre el guerrero, es sobre el linaje, sobre la honra mancillada, sobre una deuda de sangre que debe ser saldada. Pero su justificación suena débil, incluso para él mismo. Porque en el fondo, ambos saben que esto no es solo venganza. Es algo más complejo, más peligroso.

La cámara se sumerge en el interior de la vasija, mostrando el líquido verde, viscoso y brillante. Y entonces, la mujer continúa, su voz ahora cargada de una mezcla de desprecio y tristeza: *sería mejor matarlo con esta plaga. Destruirla así sería un desperdicio*. La palabra *plaga* no es casual. No es un veneno común; es una creación artesanal, una obra maestra de la alquimia oscura. El hombre, finalmente, levanta la mirada y dice, con una convicción que parece forzada: *Princesa, tienes razón. Esta plaga, la refinamos durante diez años con miles de venenos*. Diez años. Miles de venenos. Cada palabra es un clavo en el ataúd de la inocencia. Este no es un acto impulsivo; es un plan meticuloso, una obsesión convertida en ritual. La vasija no es un contenedor; es un altar. Y el líquido, su ofrenda.

Pero entonces, el hombre añade algo que cambia todo: *Es imposible destruirla tan fácilmente*. Y ella, con una sonrisa que no llega a sus ojos, exclama: *¡Excelente!*. Esa exclamación no es de alegría, es de triunfo. Es la risa de quien ha ganado una partida que nadie más veía. Porque en ese instante, su pregunta revela la verdadera naturaleza de su intención: *¿Entonces, esta plaga es para Diego?*. El nombre cae como una piedra en el agua. Diego. No el guerrero, no el enemigo, sino alguien con un nombre propio, alguien conocido. El hombre niega con la cabeza, rápido, casi con pánico: *Princesa, te equivocas*. Pero su negativa es demasiado rápida, demasiado defensiva. Y entonces, con una calma escalofriante, ella corrige: *Esta plaga está hecha para engrandecerse*. La palabra *engrandecerse* es la clave. No es para matar. Es para transformar. Para elevar. Para convertir a alguien en algo más… o en algo peor. La princesa no quiere venganza; quiere un nuevo orden, y está dispuesta a usar la plaga como herramienta de ascensión. El hombre, al escuchar esto, parece derrumbarse internamente. Su postura se quiebra, su confianza se esfuma. Él no había considerado esa posibilidad. Él pensaba en castigo; ella piensa en reinvención.

La tensión alcanza su punto máximo. Ella lo mira, y en sus ojos ya no hay duda, solo una determinación absoluta. *¿Engrandecerme? ¿Qué significa?*. Su pregunta es retórica, pero él no puede responder. Porque en ese momento, ella se mueve. No es un ataque físico, es un acto de dominio absoluto. Con un gesto casi imperceptible, su mano se eleva, y el hombre, como si estuviera conectado a ella por hilos invisibles, se tambalea. Un destello rojo atraviesa el aire, no una espada, sino una energía pura, una manifestación de su voluntad. Ella cae de rodillas, no por debilidad, sino por el peso de lo que acaba de hacer. El hombre, ahora con una expresión de horror y comprensión, retrocede. La cámara gira, capturando su caída, su cabello negro esparciéndose sobre el suelo de tierra, mientras él permanece de pie, sosteniendo algo en su mano: un pequeño frasco de cristal, lleno del mismo líquido verde. ¿Lo tomó de la vasija? ¿O lo tenía escondido?

El momento final es una imagen de caos controlado. Ella está en el suelo, pero su mirada, desde abajo, es la de una reina derrotada temporalmente, no de una prisionera. Él está de pie, pero su victoria es hueca. La vasija sigue allí, intacta, testigo mudo de una traición que aún no ha terminado. La plaga no ha sido usada, pero su existencia ha cambiado todo. En (Doblado) El guerrero divino perdido, la verdadera batalla nunca es con espadas, sino con las palabras que se dicen en la penumbra, con las decisiones que se toman frente a una vasija de barro. La historia no se trata de quién es más fuerte, sino de quién está dispuesto a perder su humanidad por el poder de *engrandecerse*. Y en este mundo, donde los venenos se refinan durante una década y los nombres como Diego son pronunciados como conjuros, la línea entre el héroe y el tirano es tan delgada como una grieta en una antigua vasija. La princesa no busca venganza; busca un nuevo dios. Y si ese dios debe nacer de la plaga, entonces que así sea. El verdadero terror no es el líquido verde, sino la calma con la que ella lo contempla, sabiendo que el próximo paso ya está decidido. En (Doblado) El guerrero divino perdido, el destino no se escribe con tinta, se forja con veneno y ambición. Y en la penumbra de esa cámara, con las velas rojas parpadeando como ojos vigilantes, el futuro ya ha comenzado a tomar forma, lenta, inexorable, y terriblemente hermosa en su crueldad. La vasija sigue allí, esperando. Siempre esperando.