En su día de boda, Isabel fue abandonada por su prometido. Sin inmutarse, eligió a otro novio en el acto: el Príncipe Rodríguez, un libertino de la capital. Todos creyeron que solo se casaba con ella por capricho. Pero Isabel no era una dama común. Pronto, el príncipe aprendería que casarse con ella fue su mejor jugada.