Ver a la protagonista rogando tras el cristal mientras él la ignora con esa frialdad calculada es una tortura visual hermosa. La tensión en Soy el señor del apocalipsis es palpable; cada copo de nieve parece gritar su desesperación. Ese momento en que ella cae de rodillas y él finalmente abre la puerta cambia todo el ritmo. La actuación es tan intensa que casi siento el frío a través de la pantalla. Definitivamente, esta escena se queda grabada en la mente por su crudeza emocional y estética invernal.