La tensión en esta escena es insoportable. Ver a Leng Qingqiu tocar el guzheng con esa calma sobrenatural mientras el protagonista intenta mantener la compostura es puro drama. El momento en que aparece el esqueleto y la placa con el desafío de hacerla llorar eleva la apuesta. Su actuación oscila entre la arrogancia y el pánico total, especialmente cuando ella casi lo toca. La atmósfera oscura y las velas crean un contraste perfecto con su vestido blanco. Es fascinante ver cómo Morí y volví para matarlos maneja estos duelos psicológicos con tanta elegancia visual.